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Honduras, país invisible… (página 1 de 4)

K. Sapozhnikov (Enero 2008)

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En el folklore tradicional de Rusia existe un “tema hondureño” especial. El por qué le tocó precisamente a Honduras1 esta “suerte” puede llegar a entenderse: en el nombre de este país, para los rusos, hay una energía fonética y un encanto exótico con elementos de misticismo y misterio e incluso una dosis subliminal de erotismo.

La “génesis” carcelaria del “tema hondureño” es incuestionable. Los reclusos de ningún modo admitían que Honduras fuera un lugar remoto, una apartada “madriguera de osos” en América Central. Para ellos, este país era la encarnación de un maravilloso sueño inalcanzable. Imaginaban un cuadro idílico de la distante república bananera: sin mortales heladas ni alambre de púas, con ardiente sol, palmares, un mar de centellantes tonalidades de azul y fogosas mulatas…

A Honduras se le suele llamar en ocasiones “el país invisible” como si se tratara de un país que se encuentra a la “sombra de la historia” que cede terreno, en cuanto a hechos trascendentales, a sus vecinos de la región: México, Cuba, Guatemala y El Salvador. Exceptuando a Francisco Morazán2, elegido Presidente del país y más tarde de la Federación de Países Centroamericanos, Honduras no ha tenido ninguna otra figura histórica verdaderamente significativa. No las ha tenido ni siquiera con “signo negativo”, como, por ejemplo, el dominicano Trujillo o el nicaragüense Somoza. Tampoco en la esfera del arte y la cultura hacen acto de presencia “estrellas hondureñas” de magnitud mundial. Incluso reconocidos eruditos deben hacer un gran esfuerzo para mencionar nombres de escritores, poetas, pintores o músicos oriundos de Honduras.

Los políticos hondureños muy de vez en vez aparecen en las crónicas de noticias de los medios mundiales de información masiva. La ausencia de exhibicionismo es una cualidad improbable en los políticos y quizás en esto los hondureños si sean únicos en el mundo. Se nos crea la impresión de que prefieren contemplar los acontecimientos de la vida internacional más que participar en ellos. El sentido común de los políticos y simples ciudadanos hondureños converge en un aspecto: Tanto unos como otros prefieren dentro de su país “una mala paz a una buena querella”.

Los hondureños no tienen igual en el oficio de la talla en madera.
Es necesario destacar que personas ilustradas afirman en ocasiones que el “carácter nacional” de los hondureños aún se encuentra en proceso de formación, de ahí que en la vida cotidiana se produzca la impresión de que se contentan con modelos “prestados”. El plato típico hondureño es el mismo que se come en Guatemala o en Dominicana; en cuanto a música, el hondureño no se aparta de lo que suena en los países vecinos, en especial, la marimba guatemalteca. Incluso en el “plano alcohólico”, Honduras no brilla por su originalidad nacional. La bebida más consumida por los hondureños es el ron nicaragüense “Flor de Caña”. La “producción” hondureña de artesanía: tejidos, cerámica y artículos de metal igualmente puede considerarse como réplicas talentosas de las de los artesanos de los países hermanos de América Central. Para ser justos hay que decir que los hondureños no tienen igual en el oficio de la talla en madera.

El Parque de la Concordia
Honduras también resultó “relegada” en cuanto al reparto de monumentos históricos. La civilización maya en territorio hondureño está representada sólo por un único conjunto arquitectónico en Copán, pero para llegar allá hay que invertir muchísimo tiempo, esfuerzos y dinero, por lo que los turistas prefieren llegar a Copán viajando desde Guatemala, toda vez que Tikal está muy cerca de Copán. Los hondureños incluso no tienen volcanes propios, que son parte inseparable del paisaje de América Central; se consuelan contemplando los volcanes a través de la frontera en los territorios salvadoreño y nicaragüense.

Y cómo no sorprenderse de que a pesar de toda esta “imperceptibilidad” en cuanto a factores geográficos, históricos y culturales, la conciencia masiva de los rusos de forma sólida y, al parecer, duradera, se haya enfocado hacia Honduras.

A comienzos de los 80 del siglo pasado, en uno de esos “pequeños sótanos” de La Habana dedicados al comercio de libros viejos, adquirí uno titulado “Elogio de Tegucigalpa”. Era una antología de artículos dedicados al pasado y al presente de la capital hondureña3. Me leí el libro de principio a fin adquiriendo conocimientos “teóricos” sobre esta ciudad, cuyo nombre en la lengua de los indios nahuatl significa “Cerros Plateados”. Resulta romántico, cautivante, enigmático. Por aquel entonces, no podía ni soñar con hacer planes turísticos respecto a Honduras. El país se encontraba, metafóricamente hablando, entre “tres fuegos”: las guerras internas en Nicaragua, Guatemala y El Salvador estaban en su apogeo; la propaganda occidental explotaba activamente la tesis de la “intervención soviética” en los asuntos de América Central. Se acusaba a Moscú de financiar secretamente a las agrupaciones beligerantes marxistas de izquierda y de suministrarles armas “por conducto de canales cubanos”.

Tegucigalpa en la lengua de los indios nahuatl significa “Cerros Plateados”.

En aquellos complejos tiempos de ”confrontación bipolar”, para un representante del “bloque soviético” tratar de meterse en Honduras era equivalente a un suicidio. Los “escuadrones de la muerte” internacionales, los siniestros “contras”, los omnipresentes especialistas norteamericanos en “operaciones secretas”, los “uniformados” hondureños, con vasta experiencia en represiones y “desapariciones”, llevaban a cabo su trabajo sucio, mientras que en los partes de “La Voz de las Américas” y de Reuters, Honduras invariablemente figuraba como vanguardia en el enfrentamiento exitoso a la “amenaza comunista”. Precisamente por aquel entonces (años 1981 al 1985), como todopoderoso embajador norteamericano en Tegucigalpa estaba John Negroponte. En plena guerra fría, su misión era en extremo precisa: impedir el “efecto dominó” en la región. Si los comunistas se apoderaban de Nicaragua, seguidamente caería El Salvador, luego Guatemala hasta que le llegara el turno a Honduras. Es por ello que Negroponte no vacilaba a la hora de decidir los métodos y medios para enfrentar a los movimientos guerrilleros. De paso, en Honduras se llevaba a cabo una “depuración” de diversas estructuras de apoyo a dichos movimientos, así como de disidentes sospechosos. No en balde en la época de Negroponte a este país, militarizado al máximo, se le denominaba el “Portaaviones Honduras”.

Pero a pesar de todo esto, las cosas cambian para mejor en este ¡el mejor de los mundos! Cayó el Muro de Berlín, símbolo de confrontación entre los dos bloques, se desarmaron los guerrilleros y “contras”, bajó la temperatura de la confrontación ideológica global y, como consecuencia, se hizo más fácil franquear las otrora inaccesibles fronteras, incluyendo las de América Latina. ¡Por cuanto antes hubiera podido imaginar que iba a recibir la visa de Honduras al día siguiente de presentarla en la embajada!. Gunther Schuler (quisiera conservar su nombre para la historia), agregado de la embajada, con una sonrisa me hizo entrega del pasaporte debidamente “acuñado”, ocasión en la que me aclaró que la visa “CA-4” me concedía el derecho a viajar libremente a El Salvador, Nicaragua y Guatemala. ¡Aquí se ven claramente los aires optimistas de la integración, incluyendo la integración turística! Recientemente estos países suscribieron un convenio interestatal para mancomunar los esfuerzos en el “frente turístico”, crear “itinerarios supranacionales”, algo así como una suerte de “Anillo de Oro”, pero en América Central, que permita competir con mayor éxito con México en la captación de turistas extranjeros y, por supuesto, del contenido de sus billeteras.


1. Por tradición, el origen del nombre de Honduras se le atribuye a Cristóbal Colón, a quien, durante su cuarto y último viaje al Nuevo Mundo en 1502, poco le faltó para perder su nave durante una fortísima tormenta. Tras pasar esta prueba dramática, se dice que el Almirante exclamó: «¡Gracias a Dios que hemos salido de estas honduras!».
2. Vivió: de 03.10.1772 a 15.09.1842.
3. Elogio de Tegucigalpa. Antologia. Prologo, selecciones y notas de Oscar Acosta. Consejo Metropolitano de Distrito Central. Tegucigalpa, 1978.

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